Si. Siempre he creído que en sus historias se encierran realidades. Vivencias de los escritores y guionistas en donde sacan sus emociones y porqué no, pasajes de sus deseos y anhelos.
Y recuerdo perfectamente que he visto algunas películas que se enfocan en la palabra club. Y no los juzgo. La palabra club siempre nos remonta a un lugar en donde personas se congregan para pasarla bien. En donde existe algo en común que, a los que están ahí, los hace sentir bien.
Recuerdo perfectamente haber visto "El club de la pelea". Una película que me cautivó de principio a fin. Quizá fue porque yo estaba muy "chavo" o bien, la manera en la que la película narraba la historia. No lo sé. De lo que estoy seguro es que es una historia de drama psicológico y sátira social que sigue a un oficinista anónimo y deprimido que sufre de insomnio crónico.
Fue magistral el papel que interpretó el actor Edward Norton como el narrador y, por supuesto, el galán de la época Brad Pitt como Tyler Durden.
También recuerdo haber visto la serie mexicana “Club de Cuervos". Soy muy simple y, lo reconozco, esa serie me enganchó.
Los hermanos Salvador "Chava" e Isabel Iglesias luchaban por el control del equipo de fútbol Cuervos de Nuevo Toledo. Disfruté de principio a fin a Luis Gerardo Méndez y Mariana Treviño. Me gustan las producciones mexicanas y ésta no fue la excepción.
Todo esto lo comento porque en cada una de esas producciones, la palabra club tiene un significado que conlleva armonía, empatía, muchas alegrías, muchas sonrisas, temas en común e incluso, ánimo de pertenecer al Club. Así, con mayúscula.
Y estas historias las pongo de contexto, porque caminando por la calles de la Ciudad de México, tuve la oportunidad de detenerme a cumplir un antojo personal. Un antojo gastronómico. Y me refiero a una torta.
Si, no te burles. Yo tenía antojo de una torta. Y estoy seguro que tú que me lees, te sorprenderás el saber porqué me causa tanta gracia escribir sobre este tema.
Escribo estas líneas porque se me hizo tan curioso que, en una tortería, no hubiesen tortas. Literal. En la carta esraban las tortas pero, en la cocina, las teleras y bolillos se habían acabado.
Así que me dispuse a comerme una hamburguesa, con papas y con una cerveza. El calor estaba en su máximo esplendor y una cerveza lo mitigaría. (Eso pretexté). No soy fan de la cerceza. No me gusta, pero el calor de la ciudad y mi sudor me la exigian.
Y ahí, sentado en la mesa, y abusando de mi sentido de observación, pude ver la escena.
El de pie, en la barra, con una camisa manga corta y con tenis color negro. Ella, enfocada en su actividad. Desde lejos se notaba que era la propietaria del lugar y su responsabilidad hacía que estuviera partida en mil temas gerenciales.
Desde mi mesa pude darme cuenta del interés que él ponía en ella. La observaba. Media sus pasos. Me atrevo a suponer que, desde días antes, la había observado y había esperado a ese día para ir a su encuentro y hacer que todo fuera obra de la casualidad.
Y el momento se dio.
Ella detuvo sus actividades frente a una laptop y el, aprovechado, abusivo y habiéndose colocado en un lugar estratégico, esperó ansioso el momento de poder iniciar una conversación. Nadie me dijo esto, pero así lo interpreté.
Me llevó más de una cerveza observar todo el actuar de ese hombre en la barra del lugar. Tuve que pedir unas papas fritas más en mi comanda para conocer el desenlace de ese momento. Yo estaba como ese meme de Michael Jackson observando la escena, a la vez que comía unas palomitas.
Ella ni lo observaba ni le daba importancia. Pero él, no pudo dejar pasar lo hermosa de su sonrisa. Con su cabello recogido, con una blusa blanca y unos pantalones mezclilla color azul. Él la seguía con la mirada mientras ella, ni se percataba.
A leguas se notaba que la admiraba desde que la vio. William Shakespeare no se equivocaba cuando decía en su obra de Romeo y Julieta que los ojos y la mirada son los espejos del alma.
Y desde mi mesa, esa pareja conversaba. El como un comensal más, ella como la dueña del lugar teniendo que tolerar las conversaciones de sus comensales.
Sin embargo, todo fue avanzando. Las risas y las carcajadas de ambos se escuchaban por todo el lugar.
Ella seria, pero sonriendo. Él, tratando de conocerla un poco más. Y aunque sus esfuerzos fueron en vano, pudo conocer mucho de ella. Supo de boca de ella de su papel gerencial, de su manera de ver la vida, de sus gustos por la música e incluso, de lo que para ella representaba Peach en un mundo de Champiñón.
Fueron dos horas las que ambos intercambiaron palabras. Aunque en honor de la verdad, él también le hacía llegar sus mensajes de interés. Miradas, sonrisas, palabras, frases. Pero todo fue en vano. Ella jamás se percató.
Quizá para algunos fue mucho tiempo, para otros pudo ser un tiempo insignificante. Pero cuando dos seres sonríen en la forma en que esas dos personas sonreían, no importa el tiempo. Todo apuntaba a que ahí, lo emocional estaba presente.
Y es que era inevitable. Ella con una piel apiñonada. Con sus manos lindas. Con una mirada firme e intensa. Con una sonrisa abierta, de par en par. De esas sonrisas que dejan ver ambas dentaduras y también dejan ver el alma. Toda seria y amable, pero con su boca sonriendo.
Con una mirada que hablaba más que lo que decían sus labios. Con unos ojos hermosos. Sentada en una silla periquera. Cruzada de piernas. Toda propia, segura y elegante. Con unos tenis que gritaban sentirse orgullosos ser parte de ella.
La conversación quedó en ellos. La música ochentera fue el ambiente que los acompañó durante el tiempo en el que estuvieron hablando. Sólo ellos escuchaban su plática
El lugar tenia una parte techada y además, tenía una parte a cielo abierto. Y aunque no se escuchaba el tema del cual hablaban, estoy seguro que las alondras que ahí volaban, se dieron cuenta de todo. Tal y como me sucedió al ver a dos seres que la casualidad los hizo estar ahí. Sin planear y sin programar.
Yo me limité a pedir mi cuenta y pagar mi consumo. Procedí a retirarme del lugar.
Ellos hicieron lo mismo. Se despidieron como un comensal más y como la propietaria del lugar. Las responsabilidades del lugar de ella, hicieron que él se levantara de su silla periquera y se dispusiera a retirarse del establecimiento sin querer importunar.
Ella por su parte, se enfocó en revisar su corte de caja y ocuparse en sus actividades empresariales.
Cada quien se enrutó en su vida personal. Se despidieron y la vida no registró más.
Pero yo, sentado en mi mesa y con mi cuenta pagada, no tengo ninguna duda. Ambos disfrutaron conversar. Sonreír y reír. Platicar, Saber del otro así, sin más.
Y puedo jurar que las miradas jamás mentirán y los dos quizá nunca lo aceptarán.
Pero yo, desde mi privilegiado lugar, lo puedo asegurar. El destino es un señor muy extraño. No habla, pero toma decisiones. Hace su voluntad sin preguntar.
Desconozco si se volverán a ver. Tal vez ella nunca le responderá un mensaje o una llamada en una tarde cualquiera. No sé si habrá una cena o un simple helado en un parque si él invitarla pudiera.
Quizá ellos nunca se vuelvan a ver. O quizá sí, pero ella no corresponderá al interés que él trató de demostrarle. Es probable que ella sólo quiso ser cortés, educada y amable. Como lo haría cualquier propietario con el cliente que le otorgó su preferencia al visitar su empresa.
Pero estoy seguro que él jamás la olvidará. Estoy seguro que se quedará en su mente como la mejor de las fotografías.
Destino, casualidad, interés. No lo sé. Eso solo ellos lo sabrán.
Pero yo, no tengo la menor duda, hay personas que tienen una personalidad tan bella, que hacen que cualquier plática trivial se convierta en el más hermoso de los recuerdos.
Y así sucedió con ella, en ese lugar que parecía el más exclusivos de los clubs que, en medio de los monos, siendo una pareja que destacaba y platicaba en aquella ciudad de México, en una tarde cualquiera.

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