Ayer domingo 21 de diciembre de 2025, me levanté de la cama directo al baño. El reloj de mi buró marcaba las 6.35 horas.
Entre dormido y despierto crucé mi habitaciòn y lleguè por fin al sanitario. Desahoguè mis penas -como decíamos entre los amigos en la adolescencia cuando orinabas-.
Hasta ahí todo iba bien. Sin embargo, al cruzar mi imagen por el espejo algo hizo que me detuviera de golpe. Mi cara tenía un color rojizo. Me asusté. Porque en ese mismo instante todo brotó a la realidad. El color rojizo en mi piel, el ardor en mi rostro y me noté hinchado.
Me levanté la playera con la que había dormido para ver mi pecho. Vì que estaba igual de colorado y como con una rara “doble piel” que me hizo sentir un escalofrìo.
Mis hombros y mi espalda presentaban las mismas características. Casi como un impulso de reflejo busqué mis antebrazos y mis piernas. Todo mi cuerpo estaba así, rojizo.
Y fue ahí en donde mi mente me hizo una mala jugada. De pronto recordè una escena de mi juventud. Allà por mis veinte años de edad.
Mi grupo de amigos y yo nos fuimos a la playa. La mamà de uno de ellos nos consiguiò una ichivan -que era algo asì como una combi pero màs moderna- y a don Darìo, una persona muy amable que usaba una boina en la cabeza y que tambièn vendìa oro en sus ratos libres. El se ofreció a llevarnos a la playa a cambio de un dinero y con él hicimos el viaje.
Recuerdo perfectamente que llevamos una hielera roja llena de cervezas y de refrescos. Yo no bebìa alcohol. Le tenìa mucho miedo a mi padre y aùn a la distancia, yo sentìa que me veìa.
Llegamos a la playa alrededor de las 10 de la mañana. Nos instalamos en la arena con unas toallas y nos dispusimos a poner esa grabadora marca Pionner que llevábamos y que usaba pilas gordas.
Manà, Caifanes, Soda Stereo, Miguel Mateos, Fat boy, Please don't go, INXS, Depeche Mode, Queen, Pump up the jam y hasta el tiburòn de Proyecto Uno era la mùsica que empezò a sonar. Era el principio de los años 90ˋs.
Esa tarde en la playa todo fue música, plàticas y risas. Yo me sentía tan a gusto, que un paliacate con el logotipo del “Señor Frogs”, recuerdo de un viaje que hice a Cancùn, me lo puse a manera de diadema en la frente.
Bermuda, descalzo, sin playera, con un vaso de coca cola en la mano y bailando en la arena con mis amigos. Me sentìa ad hoc al momento y al lugar.
Incluso recuerdo que unos marimberos que vieron nuestra improvisada fiesta se acercaron a ofrecer sus servicios. Por supuesto que los contratamos. Todo fue diversión en esa playa en donde la amistad y el buen ambiente fue una constante.
Sin embargo, nunca me percaté que el exceso de sol haría de las suyas. No usè bloqueador solar. Al amanecer del día siguiente mi cuerpo estaba igual. Rojizo, inflamado, con mucho ardor. Exactamente como yo me sentìa ese 21 de diciembre de 2025.
Y empecé a sacar conclusiones. Y me di cuenta que todo en exceso es dañino.
Recuerdo que el comer en exceso carlotas de limòn que tanto me gustan, me hizo mucho daño. Soy fanàtico de este postre. Creo que por eso estoy gordo.
De igual forma recordè cuando me sobre entrenè en el dojang cuando practicaba Tae kwon do con mi maestro Joel Martìnez y me lastimè el ligamento trasero de mi pantorrilla.
O cuando por no descansar lo necesario me sentí mal una mañana en mi oficina y me asustò tanto que me fui directo a sacarme un electrocardiograma. Mi corazòn estaba perfecto. Todo fue por exceso de estrés laboral.
Y al sacar estas conclusiones, recordè a Pitàgoras, aquel filósofo griego que todos relacionamos con las matemáticas pero que contribuyó en la filosofía.
Y es precisamente en esta línea en donde nos dejó como legado a lo que se le conoce como la copa de tàntalo o del codicioso. Cuando las personas ignoran los lìmites de la justicia, de la ètica o caen en la codicia, con el tiempo todo se derrumba.
La copa de pitàgoras es una vasija que se utiliza para depositar en ella una cantidad máxima de bebida. Sin embargo, si se rebasa ese lìmite, la copa posee en su interior un sifòn que al ser sobrepasado por el lìquido, un mecanismo abre una rendija en la base de la vasija y empieza a vaciarse; obligando a servirse con moderaciòn.
En resumen, los excesos son malos. Nos lo decía Pitàgoras 500 años antes de Cristo y yo aquí, sin entenderlo. Porque comer, hacer ejercicio y trabajar es algo que disfruto al máximo.
Y me surgieron algunas dudas.
¿Será que en el amor, también los excesos son malos? ¿Dar demasiadas muestras de cariño a una pareja será algo que perjudique la relación?
A veces me gustaría saber en qué momento estamos cruzando la línea del exceso al demostrar nuestro amor. Quizás perdemos valor ante los ojos de nuestra pareja al ser demasiado atentos. Dicen que algunas mujeres prefieren al patàn que al caballeroso.
Que por màs que busquemos la compañìa de ese ser que amamos, ella nos evite una y otra vez.
Que tratar de conversar con ella, siempre serà el motivo para recibir plàticas cortantes, distantes, sin rastros de interés o de amor, y esto sea algo que no debemos de justificar por amor.
Es probable que, el querer estar bien con ese ser que amamos y decimos “si” a todo, nos convertirá en un ser humano aburrido ante ella.
Incluso el querer procurarla con detalles, invitarla a tomar un cafè para conversar o detenernos en una calle solitaria mientras llueve para robar un beso, sea algo tan fàcil de evitar o en el peor de los casos, de olvidar.
Honestamente no sé si los excesos en el demostrar amor sea igual de perjudicial que lo que a mi me diagnosticaron por automedicarme y tomar una sobredosis de ibuprofeno para quitarme la inflamación de mi garganta durante mis clases en la Facultad Libre de Derecho.
Por mi parte, esperaré que la inyección de dexametasona que me aplicò la doctora del consultorio de conocida farmacia de la ciudad, haga su efecto al 100 por ciento. Ya voy en mejorìa.
Y con respecto al amor, aguardemos a que la vida nos despeje la duda y nos haga saber si el exceso es malo. O que nos haga saber si no somos nosotros, es la pareja.
Pero no dejemos de ser asì, atentos, cursis, detallistas y necios en demostrar lo que sentimos.
Pero ya no busquemos a nadie. Nos enfoquemos en nosotros mismos. Porque en el amor propio, es el ùnico lugar en donde las sobredosis no tienen cabida.
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