Hace poco fui a las instalaciones de una universidad en San Cristòbal de las Casas. Ese municipio me agrada. No sé si es su clima frìo o lo colonial de su ciudad. O quizá son ambas cosas. Lo cierto es que disfruto mucho estar ahí.
Acudì con un traje color gris y una corbata celeste. Llevé el material de la conferencia en mi tableta. Ya no uso power point ni prezi. Me recomendaron usar Canva y desde que hice mis primeras pruebas en esa plataforma, no la he dejado de usar.
Y fue precisamente en ese auditorio todo machimbrado, con el clima a 10 grados y con alumnado y docentes convocados, en donde, de pronto, todo se detuvo. La escena se congelò y no fue precisamente por lo frìo del lugar.
En mi disertaciòn, me encontraba haciendo un anàlisis de las generaciones sociales. Mencionaba a los Baby Boomers, los de la Generación X, a los Millennials, a los de la Generación Z y, por supuesto, la actual Generación Alfa. Cada una de ellas marcada por su contexto histórico y avances tecnológicos, desde el post-guerra (baby boomers) hasta la era digital.
Y fue precisamente en este apartado en donde mi mente volò a mi ayer. Soy de la generaciòn X, es decir, todos aquellos nacidos entre los años de 1965 al año 1980.
En los 80’s todo eran amistades unidas por la música. La música era el lenguaje universal. Eran las canciones el vehículo más apropiado para hacer llegar ese mensaje tierno, de entrega, de amor desmedido.
Y lo recuerdo plenamente, ya que la música marcaba el ritmo de nuestros corazones. Eran tiempos en donde el amor se encontraba en una mirada fugaz, en un paso de baile, en una canción que hablaba por nosotros o en una libreta a manera de chismògrafo.
En los 80ˋs eran tiempos en donde el amor no necesitaba pantallas, ni time line, ni plataformas ni aplicaciones ni tecnologìa. Fuimos una generaciòn con sueños sin atajos.
Y tengo tan presente que el amor, en muchas ocasiones necesitaba de aquellas cintas de casete que guardaban las canciones con las palabras que los corazones no se atrevian a externar.
El amor, ese protagonista de historias mal contadas dependiendo si era el o ella quien lo narraba.
Ese amor que muchas veces solo necesitaba de un corazòn abierto, sincero y directo, para escribir letras plasmadas en hojas metidas en sobres, todos ellos para esperar una pronta respuesta.
Y todo eso que aquì escribo, fue lo que vino a remover todo mi yo interno. En donde, literalmente, me inundò el amor.
Pero a diferencia de aquellas cartas de los años 80ˋs en donde se esperaba una respuesta, hoy escribo estas lìneas sin esperar nada. Absolutamente nada.
Sòlo esperando que en algùn momento de su vida las lea. Quizá cuando eso pase yo aún esté con vida. O quizás yo ya haya partido.
Quizá lea estas lìneas por la curiosidad de haberse metido a mi página web o bien, por alguna amiga o familiar que le notifique de la existencia de esta carta.
No lo sé.
Lo que sí sé, es que estas letras van dedicadas.
Y las escribo con la nostalgia de mi época, la època de los ochentas.
Hoy quiero decirle que deseo que Dios le acompañe en cada paso que de en su vida.
Que en cualquier camino encuentre la luz y que la felicidad siempre lo alcance cuando estè lejos de casa.
Decirle que deseo desde lo màs profundo de mi ser que crezca con dignidad y fiel a sus principios. Que anhelo que siempre camine sin hacer daño a nadie.
Que siempre tenga el coraje para enfrentar a la vida y que siempre sea valiente. Que nunca tema.
Y quiero que esta carta sirva para hacerle saber que, aunque pasen los años, que aunque la vida avance sin detenerse, en mi corazón se quedará por siempre joven.
Estoy seguro que la vida no serà fàcil. Para nadie lo es.
Pero quiero que sepa que deseo con todas mis fuerzas que siempre vea hacia adelante, que no deje de ser ese niño con sueños y con ilusiones; para que a travès del trabajo y de su responsabilidad, la buena fortuna siempre esté a su lado.
Que haga de Dios su luz y que le sirva de guía.
Que ojalà que nunca ame en vano. Porque amar lo que no nos demuestra amor es lo màs doloroso en la vida.
Y si cuando lea esta carta, yo ya no estoy a su lado, espero haberle iluminado sus dìas.
Decirle que lo ùnico que quise fue compartirle mis vivencias para que pudiera aprender de ellas.
Y quiero pedirle que nunca se olvide que no importa el camino que tome, ya sea a la izquierda o a la derecha, ya sea al frente o en ese paso hacia atràs que tenga que dar para retomar con màs ahìnco el camino. En cualquiera que sea el caso siempre estarè ahì, detrás de ti, ganes o pierdas.
Y si por alguna razòn llega a olvidar los pàrrafos de esta carta por las nimiedades de la vida, aquì comparto algo que quizà haga que la tenga màs presente.
Y es precisamente una canciòn de los años 80’s. Esos años en donde todo era amor en la mùsica.
Porque no existe una canción que describa exactamente el amor que por mi hijo siento, como lo que se dice en esta melodìa.
Es por eso que, a la manera de mi época, hago volar estas letras, pero no aquellas de la conferencia en San Cristòbal de las Casas que dictè con corbata celeste y traje gris; sino las de ese amor que sin importar tiempo ni espacio, tendré para el que siempre serà mi niño, esperando que el viento obre a mi favor y algùn dìa, puedan llegar sanas y salvas a su destino, por conducto de una sencilla carta ochentera.

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