Luis Luna León jueves, marzo 26, 2026 0 comments luis alberto luna leon luis luna leon Chiapas luislunaleon Caminando al metro Pantitlán. Home » luis alberto luna leon » luis luna leon Chiapas » luislunaleon » Caminando al metro Pantitlán. Ayer me tocó caminar hacia la estación del metro en la ciudad de México. Salí tarde de una reunión de trabajo a la que fui convocado. Me habían comentado que Pantitlán era insegura. La noche había llegado y me mostraba su cara más obscura. Pero aún así encaminé mis pasos hacia ese lugar, con más prisa que ganas. Vi como empezaba a lloviznar. Amenazaba con llover. Con discreción jalé la manga de mi saco gris con rayas azules para poder ver mi reloj. Quería saber la hora y no me atreví a sacar de mi bolsillo el celular. Los comentarios de que esa estación del metro era un lugar inseguro, me retumbaban en la mente y se confundían con la letra de una canción que me gusta y que se llama “el amor está en el aire”, que Daniel Boaventura interpreta y que venía escuchando a través de mis audífonos. Las manecillas, que juntas tapaban la palabra Casio, señalaban las ocho con cuarenta y cinco minutos. Apresuré mis pasos. Caminar es algo que disfruto. Me libero de mi estrés y aprovecho a platicar conmigo. Me caigo muy bien. Cada zancada hace que mi mente vuele. Imagino muchas cosas para mi vida. Me veo en muchos lugares, en momentos que yo anhelo, tanto en lo profesional como en lo personal. Escenarios que se construyen con base en mis sueños. Muchas veces me he preguntado si a todos les pasa lo mismo cuando caminan. Porque de ser así, todos estaríamos inspirados en la vida. Yo espero que así sea. Porque en lo personal, siempre me veo feliz. Y mientras yo caminaba hacia el vagón del metro, me puse a recordar si cuando yo era un niño tenía sueños. La realidad es que no lo recuerdo como tal. De hecho, no recuerdo imaginar escenarios futuros. Creo que de niño mi mayor sueño era jugar un Atari, una especie de consola de videojuegos parecida al XBOX. Fue un sueño que no se cumplió. Y cuando ya de adulto vi mucha información sobre el levantarte todos los días para alcanzar tus sueños, me reclamé a mi mismo por no poder levantarme día a día y comprarme ese Atari. Y también le reclamé a Santa Claus por nunca llevármelo. Porque la verdad, era “la onda” tener uno en casa y jugar con los amigos. Como nunca tuve un Atari, me gustaba ir a un lugar que estaba en la esquina de mi escuela primaria “Juan Benavides” en Tuxtla Gutiérrez y refugiarme en los videojuegos. Eran “maquinitas” de fichas con forma de monedas que tenían una hendidura a manera de riel y que las comprábamos para insertarlas y activarlas. Ahí fui feliz durante casi dos años. Yo siempre era el “máster”. Recuerdo que avanzaba en los niveles y muchos me rodeaban para verme jugar Dig Dug y Pacman. Era algo obsesivo para mi jugarlos. Y hoy que analizo esos videojuegos, me doy cuenta de que siempre andaba huyendo de fantasmas y cazando fantasmas. ¡Ja, ja, ja! Pero ese “máster” se acabó un día. Mi papá se percató que yo llegaba tarde después de salir de la escuela a la hora de la comida. Don Jorge era implacable. Está de más decir que fue por mí y me llevó de “las patillas” a mi casa, la cual estaba a media cuadra de ese palacio de videojuegos en donde yo era el rey. Si, era. Hasta ese día. Haciendo memoria, recuerdo que en la etapa de la escuela secundaria también me refugié en los juegos. Pero ahora ya no eran frente a una consola. A una cuadra de la Escuela Secundaria del Estado número 1 de Tuxtla Gutiérrez existía un lugar que para mi se convirtió en la tierra prometida. Nunca fui bueno para jugar futbol soccer. Pero ..¿qué me dicen del futbolito de mesa? ¡Uf! Fui el mejor. Al salir de la escuela yo iba a ese lugar. Era un espacio reducido. Había tres mesas de futbolito. Pero no como las que hoy existen que son débiles. No. Eran mesas muy robustas. Iguales a las que colocan en las ferias populares. Ahí, con muchos de mis compañeros de la escuela y de otras escuelas se organizaban los torneos. A nadie le importaba el aroma a orines que algunas veces sentíamos en ese lugar. El dueño cuidaba a su madre anciana que estaba siempre sentada en una silla de ruedas. Ellos vivían ahí, dentro del local y detrás del lugar en donde estaban las mesas de futbolito. Todas estas imágenes llegaban a mi mente mientras yo estaba parado en la línea de espera al vagón del metro Pantitlán. Ahí, perdido entre la muchedumbre, estaba listo para abordarlo mientras escuchaba el ruido de la lluvia que ya se había desatado. Fueron veinte minutos los que me llevó el tramo comprendido entre esa estación del metro hasta mi destino. Personas que iban y venían. Venas de personas con millones de realidades en sus vidas iban acompañándome en esos pasillos después de bajar del vagón del metro. Y al salir de la estación a la que yo había llegado, hubo una imagen que me pegó de frente. Una pareja de enamorados despidiéndose. Él, arriba del vehículo, ella abajo, en la calle. De pie. Besándolo. Con un pantalón de mezclilla y una blusa blanca. Sus zapatillas bicolores estaban impregnadas de una ligera llovizna. La lluvia torrencial había cesado. A la distancia me di cuenta. Proyectaban amor. No cabe duda. Mi mente empezó a construir una escena. Y pude reflexionar que hay personas obsesivas a las que no les basta ni les es suficiente con las despedidas.Estoy seguro de que hay personas que no saben de adioses. Esa palabra no se encuentra en su diccionario personal. Que son inquietas, curiosas y que no aceptan negativas. Caminan en círculos, tratando de seguir unas huellas que el tiempo jamás borra. Hay mujeres y hombres que no entienden las despedidas. Seres solitarios ansiosos, esperando una señal, una sola señal para que los recuerdos vuelvan a tener vida. Negándose a soltar los recuerdos. Exactamente como me pasó a mí, en ese caminar al vagón del metro Pantitlán y al ver esa imagen al salir de la estación del metro, volviendo a sentir esa felicidad que, sin saberlo, yo tenía en esa etapa, siendo niño. Share This To : Facebook Twitter Google+ StumbleUpon Digg Delicious LinkedIn Reddit Technorati
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