¿Hacia dónde vamos? La gran pregunta. La del millón. La que muchas veces no tiene fácil respuesta.
Los seres humanos nacemos, crecemos, nos desarrollamos, alcanzamos lo que queremos, vamos decreciendo y morimos.
Y si. Muchos logran alcanzar eso que quieren. Sin embargo, hay otros que no encuentran rumbo.
Van por la vida checando una tarjeta de entrada en su oficina, cumplen con lo que les pide el jefe o la jefa en turno. Se preparan para checar su tarjeta de salida y se van a casa. Comen, se van al gimnasio y regresan a casa. Llegan al fin de semana o en un día cualquiera, responden a un mensaje y dan un guiño a través de un emoji. Van a una fiesta y se pronto les surge el amor. Se enrollan en él y luego se dan cuenta que ahí no era. Quieren regresar al lugar al que le dieron la espalda, pero su orgullo no les permite hablar. O buscan y ya no hay respuesta. Lanzan otro emoji. Y la historia se repite una y otra vez. Luego duermen.
Y así pasan los días. En una pacífica monotonía. Sonriendo para que el mundo lo vea. Creyendo que son felices, sin darse cuenta que el cabello se pinta de blanco y el mundo va avanzando.
Y de pronto, nos vemos al espejo. ¡Cómo han pasado los años! Exclamamos tal y como dice aquella canción que canta Jorge “el coque” Muñiz y que a mi me gusta escuchar mientras manejo en carretera.
Muchos de nosotros vivimos la vida sin un propósito. Sin saber a donde encaminamos los pasos. Sin focalizar nuestra próxima meta.
Pero, ¿será acaso que no sabemos a dónde queremos llegar? ¿será acaso que andamos perdidos?
¿No será que tu propósito no lo puedes ver por tantas corazas que te amarras para que nadie toque tu herida?
Nos educaron para callar. Para ser fuertes.
Aprendiste a defenderte solo. A reaccionar ante los golpes de la vida. Pero te lo creíste tanto, que crees que cualquiera quiere lastimarte. Andas vendado de los ojos sin ver el verdadero peligro, con tal de ser recibido o aceptado en un mundo al que decides pertenecer.
Pero tu caminar es lento. Y no lo digo yo. Lo dices tú al darte cuenta que no avanzas. Traes demasiadas cosas encima, tantas defensas. Y sientes que algo te falta. La soledad te abraza.
Por eso lees, vas a conferencias, escuchas infinidad de podcasts, te metes a las redes para aprender algo que te haga tener ese sentido a la vida.
Pero no. Así no se logrará.
Antes tendrás que desprenderte de todas las armazones que le pusiste a tu alma. Porque te sobra el personaje de persona dura. Mientras sigas reaccionando igual cuando crees que alguien pretende pullar a tu herida, nada cambiará en tu vida.
Tu propósito nunca llegará, porque andas muy ocupado usando el mismo patrón, defendiéndote y sobreviviendo ante algo que sólo en tu mente existe. No hay espacio para la reflexión y no hay concentración para ver hacia adelante. Sigues nadando en un cardumen de tiburones imaginario.
Y lo más curioso es que esas defensas que hoy usas ni siquiera te pertenecen. Las copiaste de alguien de tu familia. Las recogiste de tu historia. De lo que viste en alguien y repetiste a tal grado, que hoy le llamas destino.
Y no hay duda. Ese será tu destino si no haces algo por cambiarlo.
No. El problema no es encontrar tu propósito en la vida. El verdadero problema es dejar probar que “donde pones el ojo, pones la bala”. El verdadero problema para ti es dejar de defenderte sin tener temor de preguntarte ¿quién demonios te defenderá? si tú no lo haces.
Porque precisamente cuando uno hace esto, es en donde empiezan las verdaderas pruebas y empieza el crecimiento personal.
A veces uno quisiera tomar un lanzallamas para flamear todo lo que nos ha dolido en la vida. Tener la memoria de Dory, aquel personaje de Nemo y olvidarnos de todo.
En mi caso, a veces quiero paz, quiero un cielo sin nubes negras. Quiero una canción que me diga que mis sentimientos y mis defectos están vivos. Quiero cerrar los ojos y dormitar, sabiendo que todo está en calma.
Porque crecer es dejar de reaccionar con ironía, dejar de defendernos con los mismos argumentos, dejar de escondernos; dejar de gritar, dejar de humillar a quién te rodea; dejar de ponerte máscaras de “femme fatale” o de “homme fatale”; dejar de gritar al mundo que no necesitas de alguien para ser feliz.
Ayer, hoy y siempre usaré las palabras para buscar la reflexión. Palabras que me acompañarán de por vida y que las empleo como el “abracadabra” de aquella película de mi infancia.
Porque estoy convencido que tu propósito, está detrás de todo el hierro que traes cargando en tu armadura.
Está tan tapado por esas capas que te pones, que el día que dejes de aparentar, el día que dejes de ser la misma persona, el día que busques paz y no el conflicto; el día que te muestres tal cual eres, es entonces cuando las nubes se alejarán y ante tus ojos, se asomará el verdadero sentido de la vida.

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