Siempre lo saludaba por la mañana. En ocasiones por la tarde e incluso, en el comedor institucional.
Un hombre serio, adusto. Aunque vestía serio y
formal, no reflejaba gran edad.
La ciudad siempre es traviesa, nos engaña, juega con nuestra mente. Un día amanece nublado con muchísimo frío y con pinta de que lloverá y que vas a mojarte los zapatos, y el boleado que les diste en la noche anterior valió cacahuate.
Pero a las 2 de la tarde todo cambia, el día arde, el calor es
infernal, aunque siendo honesto, los 24 grados celsius de la CDMX no se
comparan con los 41 grados de Tuxtla Gutiérrez. Ese si es el calor del
infierno, y aunque no lo conozco, me lo imagino.
Siempre me saludaba con respeto. Desconozco en donde laboraba,
pero siempre vestía de una manera pulcra. Combinaba su cinturón con sus
zapatos. El color de su corbata contrastaba con el color de su traje. Azul,
gris o negro. Eran los colores que siempre portaba.
Pero empecé a notar algo en su semblante. Conforme pasaban los días, su gesto iba cambiando. Se tornaba más preocupado. Cada vez más serio. Incluso ya la frase de
su saludo parecía que la balbuceaba. No se le escuchaba. Lo veía absorto en sus
pensamientos. Y un día todo explotó en su vida. Lo vi llorando en la cafetería
del edificio.
Y fue ahí en donde quise acercarme a darle ánimos. Sin embargo,
recordé aquella frase que siempre me digo “el mejor consejo es aquél que te
piden”. Y esto siempre me lo digo porque no tengo ninguna autoridad ni moral ni
profesional para darle un consejo a alguien que no me lo ha pedido. Hay
personas que pueden tomarlo a mal y pensar que quiero entrometerme en sus
vidas. Por eso, siempre callo mis ideas.
Quise decirle que desconocía las razones por las que estaba
cruzando. Pero que cuando los problemas duran mucho, yo asemejo que estamos
pasando por un proceso. Y el proceso será por demás duro. Que debemos de
analizar cual es el mensaje que nos quiere enseñar Dios, el universo, la vida,
jehová o esa deidad a quien le profesamos una fe religiosa.
Que cuando estamos caminando en medio de esos problemas, nos
quedaremos descalzos. Nos quedaremos exhaustos por querer agarrar con las manos
todo aquello que de pronto se empieza a ir. Nos quedaremos sin amigos, sin amigas,
sin amores, sin refugios, sin manos extendidas y habrán silencios.
Quise decirle que pasar por un proceso es por demás doloroso y angustiante. El
dinero se marchará y también nuestra autoestima empezará a tambalearse.
Si. Quise decirle todo esto. Lo veía tan agobiado, que una
palabra de aliento no hubiera estado de más. Pero me frené. Más allá del saludo
institucional, no había nada que me diera el canal de comunicación o la
confianza para expresarle mis reflexiones.
Quise exhortarlo para que analizara su nueva realidad. Que
observara lo que la vida le había quitado del camino, todo lo que le había
arrancado de su vida. Y que el tratar de entender todo lo que se había ido
de su lado, le resultaría desesperante.
Él proyectaba ser un hombre sociable, y estoy seguro que su
círculo de amigos sería extenso. Por eso quise hacerle ver que todo eso, probablemente se
acabaría. Que ya no le llamarían al celular y que incluso, habrían personas que
ni siquiera se despedirían de una manera tradicional. Se irían y ya. Sin
voltear a verlo, sin explicaciones. Olvidando todo. Sin importar nada.
Decirle que eso y más, pasaría en su vida. Que buscar las
respuestas sería estéril. Porque las respuestas ya estaban dadas.
Pero también quise decirle que nada es eterno. Ni la felicidad ni la infelicidad. Que después del proceso, iniciaría una de las mejores etapas de su vida, ya que navegar con el barco vacío, nos resulta más fácil manejarlo y no cargado de cosas que no aportan.
Hoy será más
rápido su avanzar.
El amanecer aparece
después de los trancazos, después de las noches donde lloraste sin decirle a
nadie, después de esas veces que pensaste: ”¿De verdad así va a ser mi vida?”
Pues no. El universo empezará a acomodar
las cosas a tu favor.
Y no lo hace porque le diste lástima ni porque te deba algo, sino
porque ya aprendiste lecciones que antes te negabas a ver. Lo bueno de todo lo
que el universo o Dios te manda, es que no promete fantasías; promete esa esperanza verdadera, esa que tiene fundamento. Esa esperanza que regresa cuando ya estabas harto de esperar.
Y todo lo que viene después del proceso, te lo mandan desde allá
arriba, y no trabaja haciendo ruidos ni gritos; trabaja acomodando las cosas en
silencio y poco a poco, hasta que de pronto, volteas la mirada al ayer y dices:
“No la amueles… hace un mes estaba hecho pedazos y hoy ya me siento
completamente diferente.”
Quise decirle que ese cambio no será casualidad. Será el resultado de todo
lo que haya trabajado en silencio mientras otros pensaban que ya se había dado
por vencido. Y cuando me refiero a “trabajado”, hablo del análisis
que tuvo que hacer de lo que le pasa o que le pasó en la vida, de la aceptación de los vacíos
que le han dejado. Del reconocimiento a todo lo que hoy es su nuevo escenario.
Porque con ese cambio, empezará a atraer personas distintas. Gente menos complicada, menos dramática y con más ganas de construir sin destruir. Gente que vibre alto. Gente que no aviente platos a la cara. Personas a las que no tengas que perseguir en calles lluviosas. Personas a las que les guste el diálogo y no los silencios. Personas que te correspondan las llamadas con llamadas y no con un mensaje. Gente que sume. Gente que contribuya a la estabilidad.
Porque
cuando cambiamos la energía con la que se vive, también cambia el tipo de
personas que llegan a nuestra vida.
Hacerle ver que ya no va a vibrar con quien sólo trae problemas,
mentiras, lealtades a medias, frases vacías o promesas de esas que duran menos que una
promoción del Oxxo.
Y también quise decirle que ya estuvo bueno de ponerse obstáculos inconsciente o consciente de a gratis, ya que al hacerlo nos alejamos de nuestras metas.
Que ya le debe de bajar dos rayitas a
su síndrome del impostor, a su síndrome de bergerac y a su síndrome de Wendy y
a todas las veces que de manera voluntaria agarró a golpes sus propias
emociones y sus sentimientos por quedar bien o por tratar de ayudar a otros.
Ya estuvo suave de encontrarle defectos a todo lo bueno que le
pasa. Porque si alguien nos trata bonito, piensas que algo quiere. Si aparece
una oportunidad, dices que de seguro es demasiado buena para ser verdad. Si
alguien te felicita, crees que sólo lo hace por compromiso.
Y mientras yo pensaba decir todo esto, él seguía dando sorbos a su
taza de café. Me dieron ganas de acercarme para decirle que ya debería de
romper el molde del ayer.
Que debería de recuperar su confianza, pero no en esa confianza
que le había dado a la gente. No esa confianza que había depositado en
personas a quienes incluso había ayudado en su escala laboral o académica. No. Me refería a la confianza que
debería de tenerse a sí mismo.
Que era urgente que lo hiciera. Sólo así podría avanzar sin miedos.
Porque cuando tú vuelves a creer en quién eres, cuando te vuelves a observar y auto descubrir tus talentos, en automático dejas de aceptar, de apoyar, de
aconsejar, de impulsar a personas que no lo merecen. Empiezas a caminar con
otra seguridad y eso se nota hasta cuando entras a un lugar.
Y esto no es lo único importante. Lo verdaderamente importante es
pasar por el proceso, tomar los aprendizajes y llevarlos a la práctica. Pero no
significa que nunca volverás a tener problemas; significa que ahora tendrás la
fuerza, la experiencia y la inteligencia para resolverlos sin perderte. Entender que ese mal temporal, es la preparación para algo mejor.
Y el consejo más valioso, ese que se recibe sin escucharlo. Y me
refiero a que por ningún motivo, puedes retornar al lugar de donde te arrancó Dios,
el universo, Jehová, Buda, Alá o a quien tu le profeses una fe.
Y lo escribí bien. Te arrancó Dios. Porque te dolió. Te desprendieron de
lugares, de momentos, de personas y hasta de emociones. No hubo ese mensaje de
despedida, esa plática del adiós, esa llamada que explicara todo. Ni te tomaron
la llamada. Ni contestaron tus mensajes, ni te buscaron. No recibiste lo que
quizá tu hiciste con ellos. No. Te quedaste estático. Viendo como incluso, en
cualquier cafetería o lugar público, simularon no verte.
Hoy es un deber tomar decisiones. Caminar con la teoría de las
ventanas rotas. Al primer signo de abandono, maltrato o grosería, será el inicio de más actos ofensivos hacia tu persona. Si permites las grietas, tarde o temprano el cristal
se caerá en pedazos.
Y quizá esa sea la enseñanza más profunda de todo lo vivido. Mentalizar que todo
lo que sufriste, no fue para destruirte; fue para prepararte hacia algo más grande y para enseñarte a reconocer la luz
cuando por fin apareciera. Y esa luz, ya
pronto inundará esa nueva realidad.
Yo no sé si lo que pasó por mi mente, sea la realidad de lo que él
está viviendo. Quizá sean otras las razones por las que yo lo veía apesadumbrado.
Pero estoy seguro que su historia no acabará ahí. Estoy seguro que su historia
continuará.
Y ojalá la vida me permita ver ese cambio. Para que, desde mis
ojos, confirme una vez más que, en la vida, los problemas son procesos y que la
vida siempre nos colocará en el lugar que nos merecemos; o mejor dicho, nos colocará en ese lugar que ahora reconocemos y que nos permitará crecer y vivir en paz.

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